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Soy Ángela Arbeláez

En 2018 abandoné todo lo que hacía para dedicarme a lo que siempre quise hacer: cantar. Un año antes, ya había tomado una gran decisión: dejar la ciudad e irme a vivir al campo, a una de las montañas que rodean al valle de Medellín.

 

Durante 15 años fui profesora de Ciencias Políticas en la UPB. Fue una experiencia linda y enriquecedora, especialmente por lo que significaron, para mí, mis estudiantes. Recibí de ellos mucho amor, juventud y energía. Pero sabía que me había equivocado. Ni la vida académica ni mucho menos la política, eran asuntos que realmente me interesaran. Estaba perdida. No escuchaba mi corazón que me pedía que volviera al espíritu de aquella niña que fui, que solo amaba la música y las cosas lindas, y que le encantaba estar sola, jugar sola, habitando en su mente, en sus sueños.

 

En mis años escolares intenté, como todos, encajar en la sociedad. Era muy tímida e insegura y la forma de adaptarme fue volverme dócil a las demandas de todos los que empezaron a hacer parte de mi vida. Empecé a perderme. Tomaba decisiones sin mucha conciencia. Cada mala decisión la trataba de corregir con otra mala decisión. Y empecé a andar caminos totalmente alejados de mi esencia, esa esencia que todos construimos, sin darnos cuenta, en nuestros primeros años de vida.  

 

No solo me había equivocado al tomar la decisión ser profesora de ciencias políticas, sino que las exigencias de la vida académica me llevaron a desarrollar un trastorno obsesivo por la perfección. Esa fue la manera en que mi psiquis respondió para adaptarme a ese mundo tan ajeno al mío, en donde mi alma no fluía. Siempre fui calificada como una gran profesora y gozaba de prestigio entre los demás profesores de la facultad. Realmente me volví buena en lo que hacía, pero a costa de un gran esfuerzo. Era buena, muy buena, pero infeliz.

 

En 2012 fui diagnosticada con un cáncer de seno. Paradójicamente, cuando me enteré de que tenía que someterme a casi un año de tratamiento sentí un gran alivio, porque era una forma de hacer una pausa en mi vida laborar, quedarme en casa y descansar. No sentí miedo, pues el cáncer había sido detectado a tiempo. Solo tenía que ponerme en las manos de  mi oncólogo, Mauricio Lema, y esperar.    

El miedo llegó después, al volver a mi trabajo. Temía que el cáncer reapareciera debido a la inconformidad en mi vida profesional. Intenté todas las estrategias para asumir de la mejor manera mi rol de profesora y académica, pero no lo conseguía, no lograba fluir. Disfrutaba mis clases, estar con los alumnos, pero seguía atrapada en mis inseguridades y en mi obsesión por la perfección.

 

Poco a poco me fue llegando la certeza de que el problema era que estaba en el lugar equivocado, que mi alma respondía con naturalidad a la música y la belleza y no al ámbito intelectual. Pero ¿cómo abandonar esa carrera que a los ojos de todo el mundo desarrollaba con tanto éxito? Nadie me creía cuando decía que me había equivocado. Cada vez me quejaba más, me angustiaba más. Nada parecía alivianar todo el peso del aburrimiento que cargaba. Y no tenía el suficiente coraje para renunciar.

 

Hasta que el cáncer reapareció seis años después. Ya no tenía ninguna disculpa. Era hora de renunciar. No existe ninguna base científica que pueda sugerir que mi infelicidad sea la explicación de la reaparición de la enfermedad. El origen del cáncer de seno, en mi caso, es desconocido. Lo importante fue haber dejado la Universidad y empezar el viaje al interior de mi mundo y volverme a construir.

 

Siempre me gustó cantar. Crecí en un ambiente muy musical. Mi familia paterna es de Marinilla y desde hace más de un siglo se ha dedicado a la construcción de instrumentos de cuerda. Crecí entre guitarras, tiples y bandolas; escuchando y cantando bambucos y pasillos. Y en mi familia materna todos cantan amateur baldas, boleros y rancheras. Toda mi juventud la pasé cantando en un coro semi profesional, Ensamble Vocal de Medellín. Su director, Jorge Hernán Arango, fue mi primer maestro de música. Fui soprano por más de 15 años. En el Coro tuve a mis grandes amigos. Con ellos viaje por Colombia, Latinoamérica y Europa cantando y disfrutando la vida, de festival en festival. Pero tuve que renunciar cuando el trabajo absorbió por completo mi espíritu.

 

Vivir en el campo, en medio de la naturaleza ha sido una experiencia increíble, más de lo que pude haberme imaginado cuando decidí, con mi esposo, nacho, dejar la ciudad. El verde, el aire limpio, el silencio, la luna, el sol, las lluvias, las tormentas, los amaneceres fríos en verano, los miles de sonidos que emiten las aves y los insectos diurnos y nocturnos, los árboles, las malezas, las flores.

 

El tercer habitante de mi casa es Bambú, mi gigante perrito, mi mejor amigo, my huckleberry friend. En nuestra relación no media la palabra ni la razón. Solo el amor.

 

Ocupo mi tiempo buscando mi voz y mi idea de la belleza. Trato de vivir mi vida de manera orgánica. Creo en la magia del azar y de la intuición. Intento soltar el control de mi propia existencia.

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